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CULT OF FIRE en Chile: Purificando el Caos

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Hay conciertos que funcionan como una descarga de energía. Otros, como una celebración colectiva. Y luego existen experiencias como la presentada por CULT OF FIRE en el Teatro Cariola: ceremonias completas de transformación espiritual, donde el lenguaje del Black Metal deja de ser únicamente agresión musical para convertirse en un vehículo de contemplación, trance y purificación.

El regreso tras 8 años del conjunto checo, bajo el marco de la gira “Mantras for Peaceful Death” —mantras para una muerte tranquila—, no fue simplemente la promoción de un nuevo álbum. Fue la materialización física y ritual de The One, Who Is Made of Smoke (2025), una obra profundamente inspirada en la Mahavidya Dhumavati, una de las deidades más complejas y oscuras dentro del tantrismo hindú, cuyo culto enseña al buscador a enfrentarse a la pérdida, al dolor y a sus propios aspectos sombríos, permitiendo una purificación profunda.

Pero ningún rito de purificación puede existir sin antes atravesar la oscuridad. Antes de la purificación viene la contaminación del espíritu y el sacrificio del alma. La jornada abrió sus puertas precisamente desde ese abismo, descendiendo hacia la crudeza y la oscuridad primordial del Black Metal, camino que quedó en manos de las bandas nacionales ABBATHOR y KYTHRONE, encargadas de invocar las primeras llamas de la noche.

ABBATHOR

Los encargados de abrir la jornada fueron ABBATHOR, agrupación nacional que presentó una propuesta profundamente arraigada en las raíces más tradicionales y primitivas del Black Metal. Desde el primer minuto, la banda dejó clara su intención: invocar la crudeza del Raw Black Metal mediante una ejecución directa, áspera y sin adornos innecesarios.

Su sonido evocó inmediatamente a nombres clásicos como GORGOROTH, tanto por la estructura de sus riffs como por la atmósfera sombría y ritualista que proyectaron sobre el escenario. La puesta en escena, marcada por corpse paint, actitud severa y una iluminación minimalista, reforzó esa sensación de estar presenciando una ceremonia inspirada en la segunda ola del Black Metal noruego.

Lejos de apostar por elementos atmosféricos o contemplativos, ABBATHOR construyó una presentación basada en la agresividad frontal y la persistencia sonora, con guitarras filosas y una interpretación vocal desgarrada que mantuvo constantemente la tensión de su presentación. En un contexto donde la espiritualidad y el misticismo dominarían gran parte de la noche, la banda aportó el costado más visceral y corrosivo de la música extrema, funcionando como un contraste efectivo antes del viaje ceremonial que propondría CULT OF FIRE.

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KYTHRONE

La segunda agrupación de la jornada fue KYTHRONE, quienes presentaron una propuesta de Black Metal enfocada en la agresividad y la oscuridad más tradicional del género, manteniendo una ejecución sólida y una atmósfera marcada por la crudeza sonora.

Uno de los aspectos más distintivos de la banda radica en su enfoque conceptual inspirado en la Recta Provincia, incorporando referencias al ocultismo. Esa aproximación entregó una identidad particular a su presentación, alejándose de las temáticas europeas más recurrentes dentro del Black Metal.

Musicalmente, KYTHRONE apostó por estructuras directas y una sonoridad áspera, construida sobre riffs veloces, baterías intensas y voces desgarradas que sostuvieron la energía de su presentación de manera constante. Sobre el escenario, la agrupación desarrolló un set de carácter sombrío y persistente, privilegiando una propuesta fiel a las raíces más crudas del género.

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CULT OF FIRE

A las 21:30 en punto, el telón se abrió dejando ver un escenario que no estaba dispuesto como un recital convencional, sino como un altar. La banda ya se encontraba posicionada entre flores, humo ceremonial y diversos símbolos espirituales, mientras las velas iluminaban tenuemente el ambiente. La banda aparecía cubierta en máscaras y vestimentas rituales, borrando casi por completo cualquier rastro de individualidad humana. En CULT OF FIRE no existen “rockstars”; existen chamanes. Conductores de un rito.

No hubo mosh pits descontrolados ni caos físico. Tampoco parecían necesarios. Lo que predominó fueron los puños en alto, las miradas fijas hacia el escenario y un silencio reverencial entre canciones que rara vez se experimenta en conciertos de música extrema. Los asistentes no reaccionaban como quienes presencian un espectáculo, sino como quienes participan de un ritual colectivo.

Esa dimensión espiritual se vio reforzada constantemente por el trabajo corporal del vocalista y de los músicos, quienes durante gran parte de la presentación ejecutaron diversos “mudras”, posiciones rituales de manos utilizadas en tradiciones hinduistas y budistas para canalizar energía. Y allí radica precisamente uno de los aspectos más fascinantes de CULT OF FIRE: su aproximación a la espiritualidad oriental jamás se siente superficial ni reducida a estética exótica. Existe estudio, respeto e interpretación simbólica real detrás de cada elemento visual y musical. Las referencias a las Mahavidyas —Grandes Sabidurías—, al tantrismo, a la cremación ritual y a la trascendencia del ego aparecen integradas orgánicamente en su propuesta artística y musical.

Y eso mismo transmitió el concierto completo.

Cada composición parecía oscilar entre furia y contemplación, entre devastación y serenidad. Los blast beats y riffs abrasivos convivían con pasajes hipnóticos donde el tiempo parecía detenerse. Había violencia, pero una violencia trascendida; transformada en meditación musical, con letras cantadas en inglés, checo y sánscrito entrelazadas con mantras reales.

Incluso el cierre del concierto mantuvo intacta esa coherencia conceptual. Mientras muchas bandas terminan sus shows lanzando sus uñetas o baquetas al público como souvenirs de guerra, CULT OF FIRE decidió despedirse lanzando flores. Ofrendas. Elementos asociados a la purificación, al desapego y al rito funerario. No hubo necesidad de palabras grandilocuentes. Las flores cayendo lo dijeron todo: purificados sean todos ustedes.

Pues lo ocurrido en el Teatro Cariola no fue simplemente un recital de Black Metal. Fue una liturgia contemporánea donde el caos fue reducido a humo, donde la agresión sonora se convirtió en contemplación y donde el Culto al Fuego permaneció inmóvil, observando cómo este podía también ser un camino hacia la paz.

Namaste.

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Review por Nicholas Wuthrich
Fotografías por Jocelyn Durney

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