Live Reviews
GUNS N’ ROSES en Chile: Sweet Chile O’ Mine
El pasado 14 de octubre tuvimos uno de los reencuentros más esperados por la fanaticada rockera nacional. No se trataba simplemente de una banda más dentro de la jungla musical en la que habitamos, sino de la más grande del sleaze y hard rock de todos los tiempos. GUNS N’ ROSES agitaba corazones, levantaba puños y sacudía melenas por séptima vez en nuestro país.
Todo comenzaría a la vieja usanza, recordando los tiempos de excesos y polémicas, cuando Axl se subía impresentable a los escenarios. Pero esta vez sería distinto… en parte. Con la hora pactada a las 20:30, las luces seguían apagadas, aunque el atraso no superó los diez minutos. A las 20:40, las primeras notas de Welcome to the Jungle se abrieron paso en la noche, colándose por los oídos de los miles de fanáticos reunidos —me incluyo— que explotamos en recuerdos de infancia, adolescencia y esos buenos momentos de rebeldía por los que te lleva el camino del rock ’n’ roll.
El montaje fue de otro nivel. Tres pantallas gigantes enmarcaban el escenario mostrando cada detalle de la banda, mientras seis torres de sonido repartidas a lo largo del parque hacían su trabajo con una potencia impecable. No hubo saturación ni ecos molestos, todo sonaba limpio, con una definición que pocas veces se logra en un show al aire libre. La guitarra de Slash rugía con filo, el bajo de Duff retumbaba en el pecho y la voz de Axl se mantenía firme, más controlada que en visitas anteriores. Por momentos daba la impresión de que las canciones no venían desde los parlantes, sino que sonaban directamente dentro de tu cabeza. Era imposible no moverse, no gritar, no dejarse llevar por esa energía que se respiraba en cada rincón del parque.
La puesta en escena fue una muestra clara de que GUNS N’ ROSES todavía sabe jugar en las grandes ligas. Nada quedó al azar: luces, proyecciones y transiciones exactas entre canción y canción, todo medido al milímetro, pero sin perder esa esencia salvaje que los caracteriza. Cuando sonó Mr. Brownstone no solo levantó polvo y voces al unísono y, cuando llegó It’s So Easy, el público ya solo era una masa uniforme. Con Live and Let Die el parque se transformó en una película de acción con cada explosión de luces. Axl se movía con seguridad, sin exageraciones, pero con actitud. Slash, como siempre, se robó cada mirada: solos extendidos, precisos y con ese tono único de su Gibson Les Paul.
Lo más destacable fue ver a una banda sólida, que se nota trabajada y cómoda en el escenario. No hay improvisaciones ni caos. Axl Rose, dueño de una voz que ya no alcanza los picos imposibles de los noventa, se mantiene dentro de su rango con inteligencia, compensando con energía, carisma y presencia. Slash, fiel a su estilo, sigue siendo el alma instrumental del grupo: cada solo es un recordatorio de por qué su silueta con sombrero y Gibson son un ícono. Duff McKagan al bajo sostiene todo, agresivo y con actitud punk, aportando también en los coros y en la conexión con el público, pues no había pose ni distancia: todos estaban ahí por lo mismo, por ese sonido que marcó generaciones. Desde las primeras filas hasta el fondo del parque, se sentía una misma euforia, una sola voz.
Entre canción y canción se notaba la conexión real entre banda y asistentes. Richard Fortus, quien es guitarra rítmica desde 2002 y que brilla sin necesidad de protagonismo, desplegó un abanico inagotable de guitarras Gretsch Falcon y signature, cual más grandilocuente que la anterior, que fueron cambiadas para cada una de las canciones; hicieron, para los más románticos de la guitarra, un verdadero desfile. Isaac Carpenter, último miembro en unirse a la banda, debutante en esta gira a la batería, con una pegada precisa y poderosa; Dizzy Reed en teclados —el miembro más longevo después de los fundadores—, y Melissa Reese, quien aporta una capa moderna con sintetizadores y coros que suman fuerza y textura al sonido general. Todos cumplen su rol al detalle, funcionando como una maquinaria aceitada que no deja espacio para errores.
El setlist fue una verdadera maratón, con casi tres horas de show que repasaron todas las etapas de la banda. Desde el arranque con Welcome to the Jungle hasta el cierre con Paradise City, no hubo descanso. Pero más allá de los clásicos, hubo momentos que se quedaron grabados. Estranged, con sus más de nueve minutos, fue una joya total para lo más adentrados en su discografía. Slash se tomó el escenario con un solo que parecía no tener fin, mientras Axl marcaba cada cambio de tono con una entrega total. Es una canción compleja, y escucharla en vivo fue uno de los puntos más altos de la noche en cuanto a complejidad musical. Yesterdays, en cambio, bajó las revoluciones, conectando con ese lado más nostálgico de la banda, un tema que suena simple pero que emociona por lo que representa: el paso del tiempo, la memoria y lo que queda de los viejos días de gloria. La intro de batería de You Could Be Mine irrumpió luego de la calma dejada por Yesterdays y trajo la potencia que todos esperaban, con Duff y Frank Ferrer empujando el ritmo como una locomotora. Fue imposible no pensar en la película Terminator 2 mientras el riff principal hacía temblar el parque.
Luego vinieron momentos de pura comunión con el público. Rocket Queen desató una ola de energía, con ese groove inconfundible y un Slash totalmente encendido. Don’t Cry fue el momento de las luces de celular y los coros multitudinarios, una postal clásica que no falla. Y cuando llegó Knockin’ on Heaven’s Door, el parque completo se transformó en un solo coro: una sola voz cantando junto a Axl.
Hubo también espacio para las sorpresas. Duff tomó el micrófono para cantar New Rose, el clásico de THE DAMNED, en un guiño punk que encendió a todos. Y quizás el momento más esperado de la noche para los más vieja escuela incluso, o fanáticos más radicales: el tributo a Ozzy Osbourne con Sabbath Bloody Sabbath, donde la banda mostró su respeto a las raíces del heavy metal con una versión cruda, directa y pesada. Fue una gran muestra de que, aunque el tiempo pase, GUNS N’ ROSES sigue disfrutando tocar y rendir homenaje a los que nos inspiraron a todos.
Y sí, hay que decirlo, no se puede hablar de GUNS N’ ROSES sin mencionar la palabra “polémica”, y es que el elefante en la habitación tiene nombre y apellido, y se llama Axl Rose. Su voz ha sido tema de debate desde hace años, y en esta ocasión no fue la excepción. Ya no es el mismo vocalista que rugía en los noventa ni el que dominaba los escenarios con esa mezcla de locura y virtuosismo, pero lo cierto es que Axl sigue teniendo algo que muchos ya quisieran: presencia y actitud. En varios pasajes del show se notó que cuida más su registro, que evita forzar notas imposibles y que compensa la falta de agudos con un fraseo más grave, más contenido, pero igual de intenso. Hubo momentos en que se le sintió justo —especialmente en temas como Better o Chinese Democracy—, pero también otros donde brilló con la voz firme y clara, como en Don’t Cry, Knockin’ on Heaven’s Door o November Rain. Lo interesante es que no intenta esconderlo: se sabe consciente de su límite y lo enfrenta con profesionalismo. Ya no es el Axl salvaje e impredecible de antes; es otro tipo de frontman, más maduro, más terrenal, pero todavía capaz de encender con solo un gesto o una mirada a sus 63 años.
El bloque final fue simplemente arrasador. Después de Civil War, que volvió a sacudir todo el parque con su fuerza y mensaje, Slash se tomó el protagonismo con un solo blusero que dejó a todos con la mandíbula en el suelo. Justo después, el punteo inicial de Sweet Child O’ Mine explotó con toda su grandeza.
Y entonces llegó November Rain, la obra maestra de Axl Rose quien, a dúo con Slash, hicieron explotar el Parque Estadio Nacional. Donde cada nota de piano, cada punteo de guitarra y cada frase vocal elevó el éxtasis del público hasta niveles más allá de Paradise City, estación final del Nightrain que empezaba a detenerse para dar fin a este casi inagotable concierto. La emoción estaba en su punto más alto y la banda cerró la noche de manera explosiva. Un concierto de casi 3 horas donde la banda desfiló por lo mejor de su carrera, incluso dándose el lujo de tocar canciones de artistas que para ellos significan algo especial y que quieren compartir con sus propios fanáticos. Axl, a pesar de sus debilidades vocales, se guardó lo mejor para el cierre y volvió a brillar como en los años noventa, corriendo de punta a punta del escenario y alcanzando los agudos que no se había esforzado en lograr durante del concierto; la última canción desde siempre ha sido Paradise City y debe ser interpretada al máximo, como lo pide el espíritu del rock ’n’ roll, dejando al siempre respetable —y alborotado— público exhausto, extasiado y feliz.
Sin duda, una noche redonda para el rock. GUNS N’ ROSES cerró un espectáculo que combinó historia, potencia y pura actitud. Entre clásicos que hicieron vibrar a generaciones, solos de guitarra que parecían no tener fin y la energía imparable de cada miembro de la banda, el Parque Estadio Nacional se transformó en un templo del rock. Fue la prueba de que estos músicos siguen siendo leyenda: caos, virtuosismo y adrenalina pura, todo en un solo escenario, y con un público que lo vivió al máximo junto con ellos. Atrás quedaba la jungla que, entre lianas, amplificadores y distorsión, agradecía a una ciudad que los recibía una vez más y las que haga falta, la verdad.
Setlist
-
Welcome to the Jungle
-
Bad Obsession
-
Mr. Brownstone
-
Chinese Democracy
-
Better
-
It’s So Easy
-
Pretty Tied Up
-
Shadow of Your Love
-
Estranged
-
Live and Let Die (Wings cover)
-
Yesterdays
-
You Could Be Mine
-
Absurd
-
Sabbath Bloody Sabbath (BLACK SABBATH cover) (dedicada a Ozzy Osbourne)
-
Rocket Queen
-
Don’t Cry
-
Knockin’ on Heaven’s Door (Bob Dylan cover)
-
New Rose (THE DAMNED cover)
-
Wichita Lineman (Jimmy Webb cover)
-
This I Love
-
Civil War
-
Sweet Child O’ Mine
-
November Rain
-
Street of Dreams
-
Madagascar
-
Nightrain
-
Paradise City
Review por Nicholas Wutrich
Fotografías de The FanLab
¡SOMOS METAL! PowerOfMetal.cl 🤘